La siguiente es una nota aparecida en Búsqueda sobre la obra "En el Bosque" representada por Grupo Teatro Eslabón, Canelones, Uruguay, en 1995.
Van Gogh pintó todas su vida más o menos
igual, Picasso lo hizo siempre de forma más o menos diferente. A su
modo, cada uno parecía sentir que no era posible hacer otras cosa que
eso. Algo así parece suceder con
Teatro Eslabón de
Canelones, un grupo que encara cada espectáculo como una posibilidad de
conocer nuevos espacios. Algo inusual y muy valioso para el medio.
En diez años y una quincena de espectáculos, Eslabón ha demostrado un importante nivel creativo y de exigencia, virtudes favorecidas seguramente por su cercanía de la capital y que se han traducido en la obtención de diversos premios. En los últimos tiempos el grupo se abrió a una búsqueda de distintos caminos creativos. En su reciente "Circus" encaró un entrenamiento previo con un experiente cirquero. Ahora sorprende con otro golpe de timón: la teatralización del cuento de Ryunosuke Akutagawa que fuera base de la película "Rashomon" de Akira Kurosawa.
Montar un texto japonés apelando al repertorio simbólico de extremo oriente es una apuesta peligrosa, sobre todo desde Canelones, Uruguay, que además de ser las antípodas exactas del Japón no tiene mucho acceso a la realidad cultural de ese país. Tal vez por eso el director Leonel Dárdano no escogió la repetición de signos (más allá de algunos objetos y del cuidado en el vestuario), sino la sutil generación de una atmósfera oriental.
En el bosque es el relato, o mejor, varios relatos sobre
la muerte del samurai Takehiro, narrados por diversas personas, entre ellas el
propio fantasma del muerto, su mujer Massago y Tajomaru, un delincuente. Las
versiones no coinciden, en primer lugar porque cada uno cuenta las cosas como le
conviene, y en segundo porque, como quiere expresar
Akutagawa, la idea de una verdad única que
englobe la totalidad de lo real es una ilusión, incluso para casos
concretos y de corto alcance, como lo que pasó en la espesura.
Dárdano vuelca de modo predominantemente visual éstos y otros fundamentos filosóficos, igual que otros aspectos de la sensibilidad nipona. Los trajes de Susana Hernández cuidan los rangos sociales de los personales (algo fundamental para una obra japonesa), pero también se preocupan por "vestir" psicologías.
La circularidad del movimiento coreográfico, especie de calesita de la que van saliendo para decir su historia cada uno de los personajes, busca generar no sólo un ritmo óptico sino también conceptual, así como un clima, aunque al no apoyarse en otros recursos o alusiones que la integren a la historia su aporte simbólico se ve menguado.
El elenco realiza un trabajo corporal solvente y muy expresivo. Más discutible es la cavernosa profundidad vocal, que por momentos parece una imitación de los personajes de Kurosawa. Algo artificioso y no muy creíble, salvo en el imperativo tono militar de Takehiro. El director afirmó hacer renunciado a la tonalidad natural: "¿Cómo puede imaginarse uno la forma de hablar de un samurai, cómo reconstruirla?", se preguntó.
Para Eslabón, el arte es un trabajo sobre las interrogantes. "Yo no busco, encuentro", decía Picasso, "yo no respondo, pregunto", podrían decir estos artistas. Si se les plantea con este rigor, cada pregunta es un progreso, superior al de cualquier respuesta consabida.
"En el Bosque", de R. Akutagawa, por Teatro Eslabón de Canelones. Con Raquel Pi Carrasco, Soraya Olivera, Susana Hernández, Ernesto Navia, Nelson Castillo, Jorge Gallero, Oscar Correa y Miguel Maiques. Dirección Leonel Dárdano. (E.I., en Búsqueda del 8/jun/1995) |
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